Un proyecto de ley presentado en Córdoba busca habilitar la inhumación conjunta de personas y animales de compañía en cementerios públicos y privados. La iniciativa, impulsada por el legislador Oscar Agost Carreño, no obliga a los cementerios a ofrecer el servicio, pero establece un protocolo sanitario y exige un certificado veterinario para garantizar la seguridad de la práctica.
La propuesta reaviva un debate que excede lo legal: ¿qué lugar ocupan los animales en nuestras vidas y qué pasa con ese vínculo cuando la muerte nos separa? Especialistas del CONICET y de la Universidad de Buenos Aires (UBA) explican por qué el duelo por una mascota puede ser tan profundo como cualquier otro y por qué el reconocimiento social de ese dolor también importa.
Hay historias que atraviesan el tiempo y nos recuerdan que el vínculo con un animal puede ser tan profundo como cualquier otro amor. En 1924, un profesor de agricultura de Tokio llamado Hidesaburo Ueno adoptó a un cachorro akita al que bautizó Hachiko. Durante un año y medio, el perro lo acompañó cada mañana hasta la estación de Shibuya y volvió cada tarde a buscarlo. Hasta que un día el profesor sufrió un ataque cardíaco y no regresó.
Hachiko lo esperó igual, todos los días, durante casi una década, hasta su propia muerte en 1935. Su historia dio la vuelta al mundo, se convirtió en libros, películas y una estatua de bronce frente a la estación que lo vio esperar. Se lo conoce como Chuken Hachiko, el perro fiel, y en Japón se enseña en las escuelas como un ejemplo de devoción.
Hachiko no es el único. El cine se encargó de inmortalizar a otros perros que se ganaron un lugar en el corazón del público. En 1922, un pastor alemán llamado Rin Tin Tin apareció en la pantalla grande y se volvió tan popular que, según cuentan, salvó a la Warner Bros. de la quiebra, protagonizando más de 20 películas. Después llegó Lassie, la collie más famosa del cine, con su historia de lealtad y regreso a casa que debutó en 1943 y se convirtió en un ícono cultural. Más acá en el tiempo, Beethoven, el San Bernardo desastroso, completan una galería de animales que dejaron de ser simples mascotas para transformarse en personajes queridos, casi familiares.
Esa familiaridad no es solo cosa del cine o de la ficción. En Argentina, el vínculo con los animales de compañía creció de manera sostenida en los últimos años. Un relevamiento de Ibope señaló que la proporción de argentinos que conviven con animales pasó del 47,2% en 2021 al 82% en 2026. Ocho de cada diez hogares tienen al menos una mascota, y los perros son los más frecuentes, presentes en el 81% de esos hogares, seguidos por los gatos, en el 61%. Para muchas personas, el animal dejó de ser “la mascota” para convertirse en un miembro más de la familia, a veces el único compañero en la soledad de la vida urbana.
Entonces, ¿qué pasa cuando esa relación termina? ¿Qué ocurre con el cuerpo del animal que nos acompañó durante años? ¿Y qué pasa con el deseo de quienes quieren que ese vínculo perdure incluso después de la muerte? En Córdoba, un proyecto de ley presentado por el legislador Oscar Agost Carreño busca habilitar la inhumación conjunta de personas y animales de compañía en cementerios públicos y privados. La iniciativa no obliga a ningún cementerio a ofrecer el servicio, pero establece un marco para que aquellos que lo deseen puedan hacerlo, siempre con un protocolo sanitario y un certificado veterinario que garantice la seguridad de la práctica.
La propuesta no es un capricho aislado. Responde a una transformación social profunda. “Mucha gente hoy vive a las mascotas como su única compañía”, explicó Agost Carreño al presentar el proyecto y agregó que para muchas familias esos animales ocupan un lugar equivalente al de un integrante más del hogar. El proyecto alcanza a perros, gatos y otros animales de compañía pero excluye a los de gran tamaño como caballos o cocodrilos, y deja en manos de cada cementerio la decisión de adoptar o no esta modalidad. La pregunta que subyace es inevitable: ¿estamos listos para reconocer legalmente un vínculo que ya existe en la intimidad de miles de hogares?
El vínculo que no termina con la muerte
Para Marcos Díaz Videla, doctor en Psicología dedicado a la antrozoología, el estudio del vínculo humano-animal, la respuesta es sí. “Existen marcadas variaciones en el tipo de relación que las personas desarrollamos con nuestros animales. Para algunas, tiene escasa relevancia, mientras que para otras es un vínculo de apego, de una intensidad comparable al de las figuras más significativas de sus vidas”, explica. Esos vínculos, dice, incluyen la búsqueda de proximidad, el alivio al estar cerca y la angustia ante la separación. Por eso, “la idea de pensar que uno permanecerá unido a sus figuras de apego después de la muerte resulta reconfortante, más aún frente a la angustia que despierta pensar en la muerte”.
Díaz Videla señala que compartir la sepultura con un animal puede ser una manera de expresar que ese animal formó parte de la familia y de la historia personal, y que se desea que ese vínculo tenga un reconocimiento después de la muerte. Pero también advierte que el duelo por un animal suele ser un duelo “no autorizado” o minimizado socialmente. “Todavía persiste la idea de que el sufrimiento por la muerte de un animal no es comparable con el que experimentamos ante la pérdida de una persona. Esta mirada desconoce que los animales pueden ocupar un lugar central en nuestras vidas, en nuestras rutinas, en nuestras dinámicas familiares y en nuestro equilibrio emocional”, sostiene.
La evidencia científica, agrega, muestra que las reacciones emocionales ante la muerte de un animal de compañía “pueden ser similares y tan intensas como las que experimentamos ante la pérdida de un ser humano significativo”. Llanto, tristeza, soledad, culpa, ansiedad, alteraciones del sueño o del apetito son algunas de las manifestaciones. “No existe una duración predeterminada para el duelo: cada persona lo transita de manera diferente, según las características del vínculo, las circunstancias de la muerte y los recursos personales y sociales con los que cuenta”. Y aunque ambos duelos puedan ser comparables, aclara, no son idénticos. “Lo que no resulta adecuado es establecer de antemano una jerarquía del sufrimiento basada exclusivamente en la especie del ser querido que murió”.
En ese sentido, el reconocimiento legal que propone el proyecto cordobés tiene un valor que va más allá de lo simbólico. “Los rituales de despedida ayudan a reconocer la pérdida, darle un lugar y comenzar a procesar. Estos rituales cumplen una función psicológica y social importante: reconocen la pérdida y favorecen la expresión emocional. También pueden facilitar el ajuste posterior, porque ayudan a transformar una experiencia dolorosa en algo que podemos recordar e integrar a nuestra vida”, explica Díaz Videla. Y asevera: “Que una ley permita compartir la sepultura puede representar un reconocimiento social de un vínculo que ya existe y que es significativo para quienes lo vivieron”.
El duelo es individual, pero el reconocimiento es colectivo
Natividad Olivar (MN:137.897), médica psiquiatra del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), coincide en que la ley permite reconocer socialmente el valor afectivo del vínculo, pero pone el acento en otro aspecto. “Más allá de validar el dolor, lo que permitiría es que se pueda reconocer socialmente el valor afectivo que puede tener el vínculo entre una persona y un animal de compañía. Para muchas personas una mascota no es simplemente un animal con el que uno convive, sino un ser con el que uno ha construido un vínculo significativo que forma parte de nuestra cotidianeidad, muchas veces es parte de la familia, es un miembro más, e incluso para algunas personas puede llegar a representar su única compañía o su única familia”, reflexiona.
Olivar aclara que los rituales de despedida tienen un valor psicológico porque permiten expresar el afecto y darle un sentido simbólico a la pérdida, pero eso no significa que faciliten la elaboración del duelo en todos los casos. “El duelo es un proceso muy personal, individual, depende de la historia de cada uno, del significado que cada uno le da a ese vínculo. No pensaría esta ley como una herramienta que nos puede llegar a facilitar el duelo, sino como una forma de reconocer y respetar la importancia que tienen estos vínculos en la vida de una persona, y en este caso incluso más allá de la muerte: cómo estos animales no solamente nos acompañan a lo largo de la vida, sino que nos pueden seguir acompañando en el más allá”, dice.
Sobre la comparación entre el duelo por un animal y el duelo por un ser humano, Olivar es directa: “Una pérdida es una pérdida. No importa si estamos hablando de un ser humano o de un animal de compañía. En definitiva, va a implicar un duelo, y el duelo significa que tenemos que aprender a seguir con nuestra vida sabiendo que ya no vamos a tener físicamente a ese ser que tanto queremos”. Reconoce que existen diferencias, pero cree que hay más cosas en común que diferencias. “El dolor no va a depender solamente de a quién perdimos, sino del vínculo, de ese afecto que logramos construir y de lo que esa relación significa para cada uno de nosotros. No se trata de equiparar todas las pérdidas, sino de entender que el dolor es una experiencia profunda, individual, y que no nos corresponde determinar cuánto tiene que sufrir alguien en función de a quién haya perdido”.
En cuanto a las consecuencias para los familiares sobrevivientes, Olivar señala que depende de la vivencia de cada uno y del significado que le dé a ese vínculo. “Para algunos familiares, saber que su ser querido está descansando junto a esa mascota que lo acompañó durante tantos años puede representar cierta tranquilidad o consuelo. Para otros, tal vez no”. Pero hay un punto que considera fundamental: “Eso tiene que ser una decisión que tiene que expresar la persona antes de su muerte. Entonces, los familiares no estarían tomando una decisión por él o por ella, sino respetando su deseo. Y eso tiene valor psicológico, porque muchas veces, cuando perdemos a alguien, nos genera cierta tranquilidad saber que pudimos respetar sus últimas voluntades”. Puede haber diferencias de opinión entre los deudos, admite, pero “no creo que la posibilidad de compartir un lugar de sepultura con una mascota deba considerarse un motivo de conflicto en sí misma. Lo más importante sería respetar la voluntad de esa persona, entendiendo que lo que para algunos puede ser algo significativo, para otros no necesariamente”.
La intimidad de una decisión que ya se toma
Díaz Videla aporta un dato de su propia experiencia clínica que ilustra hasta qué punto este debate ya está presente en la vida de las personas. “Tuve muchos pacientes que no pudieron despedirse de sus animales como hubieran querido. Por ejemplo, cuando las circunstancias de la muerte impiden realizar un ritual, cuando otras personas minimizan la importancia del vínculo o cuando las decisiones sobre qué hacer con los restos del animal no respetan los deseos de quien lo consideraba parte de su familia. Esto añade sufrimiento a una pérdida que ya es muy dolorosa”. Y agrega: “Respecto del entierro conjunto, creo que hasta hace poco la gente ni siquiera se planteaba la posibilidad, pero sin dudas añade una nueva forma que será beneficiosa para muchos tutores en luto, siempre dentro de las condiciones legales y sanitarias correspondientes. De lo que se trata es de que cada persona pueda encontrar la forma de despedirse que le resulte significativa”.
El psicólogo no habla solo desde la teoría. “Yo tengo arreglado que parte de mis cenizas se esparzan sobre el lugar donde he sepultado a mis perras. Creo que eso sería descansar en paz para mí”, confiesa. Es una decisión íntima, personal, que no necesita de una ley para existir, pero que encontraría un marco legal y sanitario si el proyecto cordobés avanza. La pregunta que queda flotando no es si los argentinos aman a sus animales —las estadísticas y las historias como la de Hachiko lo demuestran—, sino si estamos dispuestos a que ese amor tenga un reconocimiento también después de la muerte.
La ley, si avanza, no obligará a nadie a compartir una tumba. No impondrá un ritual ni una forma única de despedirse. Solo abrirá una puerta para quienes quieran cruzarla. Y esa es, quizás, su mayor virtud: entender que el duelo no se legisla, pero sí se puede acompañar. Que el amor por un animal no termina con la muerte, y que reconocerlo, por fin, deja de ser una excepción para convertirse en una posibilidad.
Información de El Destape Web

