Hay lugares que desaparecen de los mapas, pero nunca del corazón de quienes los habitaron; y Mina La Casualidad es uno de ellos.
En medio de la inmensidad de la Puna salteña, donde el frío corta la respiración y el cielo parece tocar la tierra, existió un pueblo que llegó a albergar a miles de personas y que hoy, décadas después de su cierre, sigue latiendo en la memoria de quienes nacieron allí. Cada año, antiguos habitantes y sus familias emprenden un viaje de cientos de kilómetros para volver a ese lugar que ya no existe como comunidad activa, pero que permanece intacto en sus recuerdos.
Esa historia fue el eje de una emotiva entrevista en el programa Territorio Minero, donde Nanci Acebo y Merardo Bejarano, integrantes de la comunidad azufrera, junto a Tatiana Quiroga, representante de Relaciones Institucionales de La Veloz del Norte, compartieron las vivencias detrás del documental realizado por la empresa luego de acompañar el viaje anual de los ex habitantes de Mina La Casualidad.
“La azufrera era todo nuestro mundo”
Para quienes crecieron allí, Mina La Casualidad no fue solamente un campamento minero. Fue infancia, familia, amistad y comunidad. “Para mí era mi mundo”, resume Merardo Bejarano al recordar su vida en la azufrera.A diferencia de muchos campamentos mineros actuales, donde predominan estructuras pensadas únicamente para la producción, La Casualidad tenía vida social, escuelas, cine, hospital, biblioteca, canchas y familias enteras viviendo a más de 4.000 metros de altura. “Vivíamos familias enteras. Teníamos hospital, cine, cancha de fútbol, matiné, una vida social a pleno”, recuerda.
Merardo conoció la ciudad de Salta recién a los 10 años. Hasta entonces, el universo eran los cerros, la nieve y los amigos de ese pueblo perdido en la Puna.
“No conocía árboles, hormigas, nada. Pero tampoco extrañaba nada, porque para mí eso era todo”, cuenta.
La emoción atraviesa cada recuerdo. Hablan de la azufrera como quien habla de un hogar irrepetible. Y en cierto modo lo fue. Allí convivían personas de distintos lugares y culturas. "Había de todo... coyas como yo, europeos, descendientes afro, trabajadores llegados desde distintos puntos del país", explica Merardo y agrega: “Era un conglomerado de razas y personas. Había gringos, coyas, mulatos, gente de todos lados. Y convivíamos todos muy felices”.
Nanci Acebo también repasó escenas que todavía permanecen intactas en su memoria: los carnavales, las fiestas religiosas, las adoraciones navideñas y la expectativa que generaban los Reyes Magos, muchas veces interpretados por los propios mineros.
Cuando se apagó la luz
El cierre de Mina La Casualidad marcó un quiebre brutal para cientos de familias.
Muchos recuerdan que prácticamente de un día para otro tuvieron que abandonar esa vida en altura para adaptarse a un mundo completamente distinto. El cambio no fue solamente económico, fue emocional, cultural y humano.
“Pensábamos que la azufrera era eterna”, admite Merardo.
El impacto fue especialmente duro para los trabajadores mayores, acostumbrados a un estilo de vida comunitario muy diferente al de las ciudades. “Mi papá nunca terminó de adaptarse. Ellos tenían otro trato entre compañeros, otro respeto”, recuerda. Sin embargo, el vínculo con el pueblo jamás se rompió.
La odisea de volver
Desde hace años, ex habitantes de Mina La Casualidad organizan viajes para regresar al pueblo. No se trata de turismo ni nostalgia superficial. Es una verdadera peregrinación emocional.
Son trayectos largos, difíciles y muchas veces extremos. Durante años viajaron en colectivos precarios, atravesando rutas complejas, frío intenso y problemas mecánicos constantes. Una de las imágenes más impactantes compartidas durante la entrevista muestra justamente a decenas de personas empujando un colectivo en medio de la nada para poder continuar el viaje.
“Todos los años viajábamos así”, recuerda Nanci Acebo. Pero aun así nadie dejaba de ir. Porque el viaje tiene un sentido mucho más profundo: volver a las raíces, reencontrarse con la memoria y visitar el cementerio donde descansan padres, madres, hermanos y amigos.
“Para nosotros pisar ese suelo es como llegar al cielo”, expresa Nanci.
El documental que puso imágenes a la memoria
La historia llegó hasta La Veloz Mining, unidad de negocios de La Veloz del Norte vinculada al transporte minero. A partir de un contacto impulsado por la ex secretaria de Minería y Energía de Salta, Romina Sassarini, la empresa decidió acompañar el viaje y documentarlo.
Lo que comenzó como una acción logística terminó convirtiéndose en una experiencia profundamente humana. “Era increíble ver lo que había sido ese pueblo. Era un mundo”, recuerda Tatiana Quiroga.
La empresa no solo puso a disposición un colectivo moderno y seguro, sino que además decidió registrar toda la experiencia en un documental dirigido por Joel Ordoñez.
El objetivo era dejar testimonio de una comunidad que se niega a desaparecer. “Queríamos dar a conocer su historia, recuperar la memoria de un pueblo”, explica Tatiana.
El viaje cambió radicalmente para los azufreros. Después de décadas viajando en condiciones extremadamente duras, por primera vez pudieron hacerlo con calefacción, conectividad y comodidad. “Nos cambiaron la vida”, resumieron emocionados durante el programa.
El único pueblo abandonado cuyo cementerio sigue creciendo
Quizás la frase más conmovedora de toda la entrevista llegó hacia el final de la entrevista. Mina La Casualidad está abandonada. Sus calles quedaron vacías hace décadas. Pero su cementerio sigue creciendo.
Muchos ex habitantes expresaron el deseo de que, cuando mueran, sus cenizas sean llevadas allí junto a sus familias. “Queremos descansar ahí”, cuentan. Por eso, cada año llevan coronas, rezan, recuerdan y vuelven. Porque aunque el pueblo haya quedado detenido en el tiempo, la comunidad sigue viva.
En los relatos, en las fotos, en las canciones, en las anécdotas sobre partidos de fútbol en medio de la montaña, en los carnavales, en los helados improvisados con nieve y leche condensada, en las historias de infancia a más de cuatro mil metros de altura.
Y también en cada viaje que realizan para demostrar que La Casualidad nunca dejó de existir para quienes aprendieron a amar ese rincón extremo de la Puna.
“Nosotros queremos visibilizar lo que hicieron nuestros padres, que hicieron patria y soberanía en medio de la nada”, dice Nanci Acebo.Tal vez por eso, quienes escuchan a los azufreros hablar de su pueblo sienten que Mina La Casualidad ya no es solamente un lugar. Es memoria. Es identidad. Y es una forma profundamente humana de resistirse al olvido.
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